Equipaje de mano

El territorio del cuerpo: Selva Almada

Juan Páez

En 2019, Selva Almada visitó la ciudad de Resistencia (Chaco) para participar en la 5ta edición del Festival Mulita. En cuanto lo supe, desvié mi viaje a Corrientes por unas horas para acercarme hasta allí y entrevistarla. A mi regreso a Formosa, creí extraviada la grabación. Pero durante estos meses de encierro, y con algo más de tiempo, la encontré entre los archivos de una memoria extraíble. En este diálogo, la autora de Chicas muertas y Ladrilleros se refiere a su producción literaria, sus procesos creativos y traza un panorama que recorre sus obras.  

En primer lugar, me gustaría preguntarte por este salto que das del cuento a la novela.

Cuando empecé, escribía relatos. La novela me parecía un plan medio inalcanzable, sentía que nunca iba a poder escribir una. Lo que sí me di cuenta es que mis relatos empezaban a ser más largos, que se cerraban en un número mayor de páginas. Y de golpe, necesitaba más y más páginas. Me parece que ahí se dio la transición, es decir que se fue dando naturalmente. Casi sin querer, apareció la novela. Para mí, era una especie de fantasma o imposibilidad. Comencé con la idea de escribir un cuento, pero la historia misma empezó a abrirse y a complicarse, a mostrar distintas aristas, y ahí estaba yo tratando de llevar todo eso al cuento. Porque lo veía más bien como un problema de corrección, como algo que debía encauzar en un relato. Y cada vez que volvía, se habría más. Era como imparable. Hasta que en un momento me dije, bueno, estoy tratando de meter en la estructura de un cuento algo que evidentemente me está pidiendo otro tipo de estructura, otros tiempos y otra extensión. Así fue como escribí El viento que arrastra. Con esa historia quería escribir un cuento, por eso digo que llegué accidentalmente a la novela. La escribí en 2009 y se publicó en 2012. Una vez que salió, tenía otra historia pendiente, pero esa me animé a pensarla, desde el vamos, como una novela y ahí escribí Ladrilleros.

¿Cómo te llevás con los procesos? ¿Tienen una parte librada al azar y una parte ligada a la programación?

Más que de la programación, en el caso de Ladrilleros, yo sabía que iba a ser una historia que necesitaba el trabajo de una novela porque la historia era más frondosa. Después, todo es medio azaroso. Por ejemplo, ahora estoy escribiendo algo que también creo que será una novela, pero, la verdad, es que estoy cada vez menos segura. Porque cuando vuelvo a lo que tengo escrito, empiezo a cortar partes así que, quizás, no termina siendo una novela. En definitiva, me voy dando cuenta mientras estoy en el proceso. No siempre, claro, porque cada libro tiene su propio tiempo y sus propias reglas. Sabía que Ladrilleros iba a ser una novela porque la pensé así. Además, demandaba un proceso de investigación, una serie de cosas que yo para la ficción nunca había hecho. En ese sentido podemos decir que fue más planificado, por lo que tuvo de trabajo de campo, también conseguir la plata con una beca que apliqué para hacer esa investigación. Después sentarse y ver cómo baja todo eso al papel, cómo se va armando. Se produce en el proceso.

04 de septiembre de 2015 / La senadora chaqueña María Inés Pilatti de Vergara pidió, a través de un proyecto presentado en la cámara alta, una “declaración repudiando lo publicado por Selva Almada en su libro Chicas muertas. Fuente: Clarín

Con Chicas muertas planteas un trabajo documental interesante. Leí en los medios que hubo una senadora chaqueña que estuvo muy indignada, ¿Cómo te llevás con ese tipo de repercusiones?

Eso la verdad nunca me había pasado y espero que no vuelva a suceder porque fue bastante incómodo por la exposición que le dio al libro. Estoy súper orgullosa de haberlo escrito y me pareció un desacierto de la senadora que, personalmente, creo que no leyó el libro y medio que se dejó llevar por lo que decía el asesor. Pero a mí eso no me hizo dudar del libro ni arrepentirme ni mucho menos. Estoy muy contenta con ese trabajo, pero sí queda la incomodidad de decir que el libro se ha asociado a un escándalo. Yo soy una persona de perfil muy bajo entonces este tipo de publicidad preferiría evitarla. Al margen de eso, no me impactó tanto como para decir no vuelvo a escribir un libro de no ficción. Me parece que fue un episodio bastante desgraciado más para ella que para mí, porque la que quedó mal parada fue ella y no el libro.

¿Cómo te sentiste con ese proceso de investigación? Porque no debe haber sido fácil en el sentido de que son muchos casos para rastrear e investigar.

Me gustó mucho el proceso porque nunca antes lo había hecho. Era todo un desafío entrevistar a una persona. Como no vengo del periodismo, nunca había entrevistado a nadie, menos por una cuestión tan dolorosa como es la el asesinato de un familiar, como es el caso de las chicas. Por suerte toda la gente que colaboró con el libro dándome entrevistas fue muy generosa, y eso allanó bastante el camino. Creo que es porque ya había pasado mucho tiempo de cada caso y eran casos cerrados que habían quedado impunes. Yo creo que la posibilidad de que alguien escribiera un libro sobre las víctimas estimulaba a las familias y a los amigos a querer hablar. En ese sentido me lo facilitaron un montón. Ellos querían hablar y no tuve que estar hurgando y sacándole las palabras de la boca. Sí tuve que explicar, primero, que yo quería hacer un libro y contar sus historias. Después de que llegaba y nos encontrábamos, ellos hablaban y yo prácticamente sólo me limitaba a grabar.

¿Y con Ladrilleros, cómo fue? Porque lo que tiene la novela es un lindo trabajo con el lenguaje.

Cuando estaba escribiendo El viento que arrasa, empecé a sentir que había un atisbo de ese uso del lenguaje, pero, en ese momento, todavía no estaba lista ni para darme cuenta ni para trabajarlo. Pero sentía que había algo ahí porque se me contagiaron un poco el narrador con los personajes y cuando comencé a pensar en Ladrilleros, me lo puse como plan. Quería trabajar llevando el lenguaje hasta donde pudiera, trabajar con la oralidad en una poética y eso fue un trabajo muy lindo. Hace poco, una mujer que había leído la novela y que le encantó, me preguntó cómo había sido escribir esa novela. Fue la primera vez que me puse a pensarlo. Le dije que, de verdad, yo fui tan feliz escribiendo ese libro, que lo disfruté tanto y fue tanta la felicidad que eso después se impregnó en el libro.

Pensaba en tus personajes, ¿cómo ves esto de darle voz a las que no tienen voces y retratar la vida de quienes no están en el centro? 

A mí me interesan esos personajes. De alguna manera yo vengo de la periferia, de un pueblo del interior de Entre Ríos. Conozco muy bien esos personajes de la vida real y después eso aparece en la ficción. Son los personajes que me interesan. No me llama la atención escribir sobre personajes que viven en la ciudad, no sabría cómo hacerlo. No es que diga que nunca lo voy a hacer porque, tal vez, alguna vez me lo proponga como plan de escritura. Pero me gusta la potencia que hay en las historias con personajes que transcurren en la periferia.

Estás radicada en Buenos Aires, ¿cómo fue la decisión de mudarte?

Siempre había fantaseado con vivir en Buenos Aires. Mi pareja se mudó por trabajo y yo estaba estudiando el profesorado en literatura. Cuando terminé el profesorado, me fui. Ahí comencé con los talleres de Alberto Laiseca que es mi maestro y a quien, de alguna manera, le debo un montón. Apenas llegué a Buenos Aires, empecé a ir a su taller. De ahí son mis amigos y él, que es una figura súper importante, para mí, en lo personal y en lo profesional, me abrió un montón la cabeza. Me brindó un lugar donde yo me sentí cómoda rápidamente con Buenos Aires como lugar de pertenencia.

Estuviste dictando talleres con el Fondo Nacional de las Artes en el sur, ¿cómo fue la experiencia?

Sí, en Ushuaia, fue muy linda. Ahora estuve en un lugar que, por supuesto no está lejos, en Rafaela, que me provocó una sensación similar a cuando habido estado en Ushuaia. Yo viví casi toda mi vida en provincia y era tan difícil que viniera un escritor a leer o a dictar talleres, mucho menos en esa época. Cuando me convocan para ir a hacerlo, yo voy muy contenta porque hay mucha gente escribiendo, mucha gente con el deseo de convertirse en escritor o escritora y a veces están muy solos en las provincias.

Y para finalizar, ¿algún consejo para quien esté escribiendo narrativa?  

La verdad, no sé dar consejos, pero voy a plagiarlo a Laiseca al repetir lo que él decía. Es su máxima: Para escribir, hay que leer mucho, escribir mucho –y Lai, plagiando a Stephen King en un libro que se llama Mientras escribo– le agregaba: y vivir mucho.

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