Equipaje de mano El teatro del delirio: Raúl Dorra

Juan Páez*

En esta oportunidad, pasaporte y equipaje en mano, volamos hasta la ciudad de Puebla, en México, para encontrarnos con una joyita literaria. Me refiero a La pasión, los trabajos y las horas de Damián, del queridísimo Raúl Dorra, publicado en 1979 por PREMIA editora.

Ya en sus primeras páginas, como se señala en la contratapa, asoma «una ciudad convulsionada por urgentes presagios de exterminio: sobre este espacio —pavor, sueño, demencia— Las horas de Damián son la búsqueda o la huida, el peregrinaje hacia lo definitivo. Siete momentos de una ruta que, de descenso en descenso, lo conduce entre los signos de un crepúsculo ominoso y a la vez inextricable: metamorfosis, voces, máscaras, la ebriedad que apresuran las presas del derrumbe. Por su parte, la voz que relata los sucesos emerge de una crónica innumerablemente escrita y corregida, desplazada; una voz que va avanzando, ella también, hacia el momento en que no puede ya sino borrarse».

En la nómina de los siete capítulos que lo componen, puede advertirse cómo el tiempo no solo ordena los acontecimientos, sino que también traza una geografía donde la voz puede nadar o flotar. Una crónica, su concepción y su forma, aparece en la boca de quien –tal vez sin saberlo– asume el rol de cronista: «(honestidad será reconocer que ni aún esta crónica contiene las respuestas; que sólo se dispone de ciertas conjeturas)» (p.15). O bien, como resuena en este otro fragmento: «(Ardua crónica es ésta. Justicia es declararlo. Las generaciones perseveran en su afán de registrar. Discuten y corrigen y propagan. Ardua es la relación de estos sucesos. Las dudas son tenaces. ¿Hasta dónde los hechos consienten el registro? ¿Qué límites mutilan empresa semejante? Las generaciones, la paciencia, la búsqueda incansable de las generaciones, aportan la promesa –la confianza– de que han de ser salvados los últimos obstáculos. Pero obstáculos hay; una mirada limpia, valerosa, no podría ignorarlos. Hablar de la jirafa, por ejemplo, es acaso querer lo inenarrable)» (P.11)

Se trata de una narrativa que, por su estilo altamente poético, avanza creando numerosos pliegues a través del empleo, por ejemplo, de signos gráficos tales como los paréntesis y los guiones. Además, están aquellos pasajes donde el narrador se dirige directamente al personaje: «tú trataste, Damián, de seguir tu camino pero ya no pudiste; además: ¿qué camino tenías? Ahora siente, va gradualmente sintiendo, que se aproxima a un sitio todavía inubicable en el que algo sucede. Sin embargo pudo ser un mareo, es probable que así lo haya sentido o así lo haya querido, un fugaz episodio» (p.9)

Esta crónica articula lo que podría denominarse una cartografía del sonido, ya que evoca tanto el bullicio urbano como las numerosas morfologías sonoras que lo atraviesan: «ellos pugnaban por hacerse escuchar recurriendo a los actos más extremos: ahuecaban las manos sobre sus grandes bocas y se daban a gritar, golpeaban en la madera, agitaban cartelones, algunos se paraban tambaleando sobre la misma baranda y amenazaban con lanzarse contra la multitud y había entonces que sostener los palos para que no saltasen los alambres. Por fin, alguien apareció con una enorme bocina de hojalata y la blandió y enseguida se la arrebataron y desde entonces fue posible reconocer al orador de turno […] No hablaba, sin embargo: lo que ocurría era que el hombre que apresaba la bocina apenas si alcanzaba a proferir unos chillidos, gritos roncos, quebrados, que el instrumento amplificaba hasta la desesperación» (p.12)

El volumen constituye una verdadera experiencia con el lenguaje, puesto que trasciende lo argumental. En una entrevista, refiriéndose al cine, Lucrecia Martel sostiene que «hacerle creer al espectador que una película es el argumento, es atontarlo (…) es quitarle posibilidad expresiva a la imagen (…). Correrte del argumento te obliga a usar todo, mejor». Esto mismo podría pensarse en caso de la literatura, esto es: Hacerle creer al lector que un libro es la trama, es atontarlo. Es quitarle a la palabra su posibilidad expresiva. Correrte de la trama te obliga a usar todo, mejor.

En suma, como si fuera una cámara en slow que denuncia el vértigo de la velocidad, la historia devela una mirada atenta sobre los sucesos, transformando las escenas en un collage verbal. Esto se logra mediante la superposición de imágenes que se contraponen, complementan y contraen. Una obra exquisita que desanda el camino del argumento para otorgarle valor a la voz que relata, entre numerosos pliegues, los acontecimientos de Damián. Esa presencia de voces y rostros que no llegan a definirse, sumado al oleaje de cuerpos fatigados y otros en tensión, transportan al lector a un terreno ominoso, donde lo extravagante e irreductible, hacen de la lectura una experiencia enriquecedora.

Bonus track 

Comparto dos textuales de una entrevista a Raúl Dorra que forma parte del libro La hija del inventor (2017):

«La escritura tiene una dimensión sensible que no se puede ignorar. Está la voz que nos llega a través de las grafías, y las grafías mismas, su disposición en la página. Esa voz trae la presencia del sujeto de la enunciación, un modo de ver el mundo, un estilo, un modo de respirar. Todo escritor trabaja la escritura como una materia que debe cobrar su propia forma» (p.86)

«¿Hay una escritura puramente sensible y otra puramente inteligible? ¿Existe una diferencia profunda, obligatoria, entre la literatura científica o académica y la literatura llamada de creación, digamos artística? Yo siempre he sentido que no y he apostado a mostrar que no (…) siento que lo sensible y lo inteligible necesitan reunirse y el resultado está en mis escritos con independencia del género» (p.88)

*Escritor.

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